Programa de Superación Académica

Valores en la educación

No. 38 - diciembre  2003
PRESENTACIÓN

César Mureddu Torres

Un nuevo número de Reencuentro llega a las manos de nuestros lectores en muchas partes del país y en otras regiones del globo. Para determinar su contenido, se tomó la decisión de dedicarlo a uno de los problemas más complejos que ha enfrentado la educación de todos los tiempos que, por su mismo objeto, evoca a una de  las más antiguas y clásicas polémicas. Desde la Academia de Platón o las enseñanzas de Aristóteles, con altibajos y diversos enfoques, la cultura occidental de manera recurrente enfrenta esas dificultades: los problemas que conciernen a la ética.
 

No es de extrañar que esto ocurra, precisamente ahora, cuando nuestras experiencias cotidianas nos enfrentan a actos que proceden de dudosa o absolutamente precaria convicción ética. Estas situaciones son cada vez más frecuentes y afectan a todas las manifestaciones del actuar humano colectivo. En cada vez más amplio número de ámbitos, comenzando por la casa habitación, siguiendo por la atención a la salud y la propia educación, parece que el único bien a conseguir se mide en fracciones monetarias.

Por tales motivos, sin desviar el eje fundamental de Reencuentro, se pensó conveniente dar cauce a investigaciones y opiniones en torno a la relación entre los estudios universitarios y la transmisión o generación de los valores. En suma, el sentido general de este número se refiere a la función que puede asumir la Universidad en cuanto a la formación de marcos valorativos del actuar humano en los estudiantes, fundamentalmente, universitarios.

Este número nos remite también a otra vieja polémica, aunque no tanto, abierta por la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard, cuando publicó su famoso estudio titulado: Can ethics be thought?[1] En ese entonces, 1993, Harvard hizo un recuento de lo que sucedía con las cuestiones ligadas a la ética, tanto al interior  del Campus universitario y de sus aulas, como en las directrices asumidas por los alumnos a través de los estudios profesionales, que proporcionaban capacidad de liderazgo en los negocios.

Como puede observarse, el problema es muy antiguo y, sin embargo, posee una estrujante actualidad, sobre todo al estudiar y aislar los impulsores que incitan a los profesionales a actuar de una u otra forma, con mayor o menor responsabilidad, con mayor o menor sentido de justicia o solidaridad, con mayor o menor grado de oportunismo pragmático.

Ya la famosa categorización de Don Luis González y González, el eximio investigador del Colegio de México, nos ponía en antecedentes de los tipos de egresados que nuestras universidades lanzan al mundo, y enfatizaba el perfil de aquél que México necesitaba (y lo sigue necesitando), a pesar de que lo escribió en 1983.

Sólo por recordar, sin mayor ánimo que ponernos en la ruta de lo que en este número se plantea, me permito repetir algunas interrogantes de los investigadores estadounidenses, así como el genial resumen que hiciera el Dr. González.

Nuestros colegas de Harvard se preguntaban cosas como éstas: ¿no será demasiado tarde enseñar la ética en la Universidad?, ¿cuál es la relación entre los adultos jóvenes y la formación de la ética profesional?[2] Otro de ellos, cuya opinión influyó para iniciar un programa completo de ética en esta famosa escuela de Harvard, dijo con verdadera pasión que: “La Ética no es únicamente una necesidad social, sino también una urgente necesidad de la academia: el aprender y el descubrir no ocurren simplemente en un vacío ético, sin los valladares de estándares morales”[3]  Por ello mismo, no es de extrañar que el director del Programa en Liderazgo, Ética y Responsabilidades Empresariales se cuestione, a lo largo del texto que él escribe, en torno a la necesidad y eficacia de un programa de esta naturaleza.[4]

Don Luis González, por su parte, es más directo. Apoyado por su enorme experiencia de profesor y de investigador, con la agudeza propia de quien conoce el medio de manera directa, no duda en caracterizar los perfiles de los egresados universitarios de la siguiente manera: “Lo común es que nuestras universidades produzcan cuatro perfiles de egresados: los especuladores, los poderosos, los especulativos y los humanistas                          —Continúa—, los primeros, buscan ganarse la vida sin sudores y sobradamente; los segundos, viven suspirando por obtener ascenso en su status social; los terceros, no cesan en el aprendizaje y, los últimos, quieren ganar amigos y tienen vocación de servidores”.[5] Pasa revista a cada uno de ellos y a lo que puede esperarse de cada cual, sin embargo, no es ese el propósito de estas citas. Únicamente han servido para hacer ver lo necesario y lo urgente de que reflexiones como las que se contienen en este número pasen a ser objeto de acciones más contundentes en todos los niveles de estudio.

Tal es el sentido del estudio colectivo que los profesores del Centro de Estudios Sobre la Universidad (CESU) de la UNAM presentan en dos de sus aportaciones. La primera, en un nivel más teórico, va en busca de categorías que delimiten el sentido de la ética profesional y, el segundo, en la ruta de indagar los motivos que permiten la incorporación de la enseñanza de los valores y, por ende, de la ética, en los estudios profesionales.

El sentido actual de la Universidad, una pregunta que profundiza aún más ya no en la ética en sí, sino en el valor mismo que la Universidad y su acción pueden tener en el mundo contemporáneo, fundamentalmente latino americano y mexicano. Podremos o no estar de acuerdo que la ciencia y la tecnología hoy no son atribuciones exclusivas de la Universidad en estos dos contextos regionales. Es más, podremos constatar que dichas actividades transcurren, en muchas ocasiones, fuera de los muros universitarios y transcurren bien. Lo que no podemos eludir es la responsabilidad de dotar a nuestra acción de un sentido. Dicha responsabilidad nos compromete como universitarios y como estudiosos de los problemas de la educación superior en este mismo contexto nacional y regional.

Por ello mismo, porque en la acción universitaria está involucrado cualquiera de los agentes que en ella intervienen, en sus diversos campos, menesteres y preocupaciones, se plantea la identidad del quehacer propio de los profesores. Esta consideración se realiza al interior de una institución que, por su carácter privado, recibe la direccionalidad de sus actividades desde una convicción religiosa, aun cuando responda a lo que dictan para la educación superior en México, tanto sus normas generales constitucionales, como las disposiciones reglamentarias.

Pasamos, por último, a la exposición parcial de dos estudios de caso, que se refieren también a alguno de los actores de la actividad académica en la educación superior. Ambos trabajos tratan de los posibles valores que los estudiantes adquirieron a su paso por la Universidad, sin que se detecte si corresponden o no a los que ya poseían, aun antes de llegar al nivel universitario, o si los adquirieron durante su paso por la Universidad, tal es el caso de los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León y de la Universidad de Guanajuato.

Fuera ya de las cuestiones éticas, en sí mismas, el presente número de Reencuentro termina con dos análisis diferentes, que se refieren a la mujer. El primero, es un estudio de caso respecto a la actuación de las mujeres en puestos de dirección académica en una universidad de provincia. En él se indican las condiciones en que transcurre su trabajo y las oportunidades, la igualdad o la competitividad en que deben moverse. El segundo, es un análisis de algunos materiales correspondientes a los primeros dos años de enseñanza primaria en México. En este estudio se pretende identificar los diversos prototipos de mujer que son presentados a los educandos, así como los roles sociales que se le atribuyen.

Con este panorama, sin pretender ser exhaustivos del tema, Reencuentro presenta a los lectores interesados en los problemas de la educación superior en México, y de la educación en general, algunos puntos de vista que nutren la discusión en torno a tan arduo tema: la ética y los valores en la educación.

En ese sentido, nuestra revista contribuye, una vez más, a que aquellos que alguna vez se interesaron en problemas de esta índole, así como los estudiosos que están en ello todo el tiempo e incluso el público en general, puedan tener ocasión de encontrar nuevos elementos para su reflexión.

INDICE
  1. Elementos significativos de la ética profesional
    A
    na Hirsch Adler

     

  2. Los valores y la formación universitaria
    Leticia Barba Martín
    Armando Alcántara Santuario

     

  3. El valor actual de la Universidad
    Fernando Sancén Contreras

     

  4. Burocracia y profesorado. El valor del liderazgo para el cambio universitario
    Rodrigo López Zavala

     

  5. Identidad institucional del docente de la Universidad Simón Bolívar
    Jennie Brand Barajas

     

  6. Valores en los estudiantes universitarios
    Bárbara Kepowics Malinowska

     

  7. Estudiantes, valores y tendencias valorales en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León
    Guadalupe Chávez González

     

  8. Mujeres ejecutivas en la academia
    Patricia García Guevara

     

  9. Prototipos de mujer en algunos materiales educativos de enseñaza primaria: atavismos y horizontes
    Lleana Schmidt Díaz de León


     
  10. Investigación Educativa
    Los procesos de evaluación en México para los programas de licenciatura en Odontología
    Victor López Cámara

     

  11. Informa.    Los valores en la educación
    Sergio Bojalil Parra

 

[1] Piper, Thomas R., C. Gentile Mary, Sharon Daloz Parks, Can Ethics be Thaught?, Harvard Business School, Boston, Mass, 1993.
[2] cfr. Op Cit., pp. 13 a 73.
[3] cfr. Op. Cit, pp. vii a xiii.
[4] cfr. Op. Cit., pp. 117-161.
[5] González y González, Luis, “Los egresados universitarios, Frailes del siglo XX”, tomado del Suplemento Político del Periódico Unomásuno, México, Domingo 27 de julio de 1983.