La nueva economía.

En las últimas décadas del siglo XX el nuevo orden capitalista internacional, caracterizado como globalización o mundialización, profundizó los problemas sociales y redefinió el papel del Estado en la economía mundial.

El "Consenso de Washington" (CW) diseñó, a finales de los ochenta, el que sería el futuro económico de América Latina , convirtiendo en la base de sus políticas los criterios del llamado "neoliberalismo". El nuevo paradigma fue establecido por funcionarios de los Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional (FMI ), del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y del Banco Mundial (BM). Se fundamentó en el determinismo de las leyes del mercado, que se establecieron como el único mecanismo rector de la nueva lógica de la reproducción global. El mercado y la competencia fueron objeto de una apología que los caracterizó como los reguladores ideales de las relaciones entre las sociedades y entre los hombres. El Estado, dentro de este esquema, debería limitarse a "dejar hacer, dejar pasar", y las inevitables y sabias leyes del mercado se encargarían del resto, incluso de la justicia social.

Cristóbal Colón, escultura de Manuel Vilar 1858, vaciado en yeso MUNAL, Cd. de México

El Consenso de Washington (1989) estableció en diez puntos las reformas de política económica que "debería encarar América Latina": disciplina fiscal; reducción del gasto público; reforma tributaria; liberalización financiera; indexación de los tipos de cambio; promoción de la inversión extranjera directa; privatizaciones; liberalización del comercio;desregulación y protección de los derechos de propiedad.1 Este decálogo ha sido esquematizado como las tres D: desprotección, desregulación y desestatización.

El proceso de implantación de las tres D supone la liberalización o desprotección por parte de los estados, de los mercados financieros; de la inversión extranjera directa; del comercio y de los mercados laborales. La desregulación significa tanto la liberalización de los mercados internos como la defensa de los derechos de propiedad. La desestatización se basa en la privatización de las empresas estatales y en la reducción del gasto público.2

El Consenso de Washington llevó al desmantelamiento de los estados benefactores, considerados omnipresentes, ineficientes y obesos, pero, y sobre todo, excedidos en sus formas de participación y de propiedad. Las reformas planteadas se encaminaron a limitar las esferas de competencia del Estado y a reducir su influencia económica y social.

El CW fue concebido como una estrategia de desarrollo para América Latina, pero la aplicación de esta política trajo como resultado una mayor concentración de la riqueza. En los últimos años la "liberalización", o desprotección, de las economías ha acentuado la asimetría y la polarización entre los individuos y entre las naciones.

Según la CEPAL la deuda exterior acumulada de América Latina y el Caribe para 1995 se elevaba a 606 674 millones de dólares; y ello a pesar de que el pago del servicio de la deuda, realizado por esos países en tan sólo 20 años, había sido de 823 000 millones de dólares. Es decir que, en dos décadas, América Latina cubrió el equivalente al total de la cifra contratada y un 36% más ... pero en pago de puros intereses. El monto de la deuda, sin embargo, ha continuado creciendo. La economía latinoamericana es la exportadora de capitales por excelencia de la era de la globalización. Los estados de los países dependientes, reducidos y empobrecidos, no han dejado de garantizar el cumplimiento de los compromisos del pago del servicio de la deuda [...] mientras carecen de recursos para garantizar los mínimos de bienestrar para su población empobrecida.

El proyecto económico mundial tiende a una concentración cada vez mayor de la riqueza en un menor número de naciones y de individuos. Es una globalización sin solidaridad: es la globalización de la competencia y de un mercado que excluye cada día más: más naciones, más hombres, más sueños. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 1960 el 20% de la población mundial, que habitaba en los países más ricos del mundo, concentraba 30 veces el ingreso del 20% más pobre. En 1995, tenía 82 veces ese ingreso. Otro indicador: los 225 hombres más ricos del mundo tienen una riqueza que equivale al ingreso anual del 47% más pobre de la población mundial, es decir, de 2500 millones de habitantes de la Tierra.3 Sin embargo, estas cifras no nos deben hacer olvidar que América Latina es el subcontinente que tiene la mayor concentración de riqueza; y esto, no a consecuencia de la globalización, sino de las políticas distributivas nacionales.

Como podemos ver, el mercado no ha podido establecer una mayor justicia y equidad en este planeta globalizado. Las limitaciones del CW llevaron a los especialistas a redefinir las reglas de funcionamiento del sistema en lo que ha sido llamado un Nuevo Consenso de Washington (NCW) cuya estrategia podría resumirse así: "Una economía de mercado libre, abierta y privatizada, en un contexto de macroeconomía estable, son condiciones necesarias y suficientes para garantizar mercados eficientes y competitivos a través de la mano invisible de libre mercado internacional; esto es el crecimiento económico sostenido con pleno empleo y una mejor equidad distributiva".4 Ante el incuplimiento de las expectativas de desarrollo para los países dependientes, los organismos internacionales recetan [...] más de lo mismo. Los especialistas ya han criticado las orientaciones del NCW. Los límites de las tres D planteadas por el CW: desprotección, desregulación y desestatización, ya han sido evaluados. El propio BID reconoce que la magnitud de los cambios en las políticas económicas de América Latina contrasta con los insuficientes progresos económicos y sociales de la región.5